Estructuras de lo latente
Paloma Gámez se define como pintora, aunque su práctica desborda deliberadamente los límites tradicionales del medio. Esta condición no opera como una negación de la pintura, sino como una insistencia en sus elementos constitutivos: soporte, materia y tiempo de acción. Su quehacer se articula a partir de una investigación sostenida sobre la materialidad y el proceso, entendidos como espacios donde se construye y se tensiona. Gámez otorga un sentido crucial a los términos color, tiempo y configuración, destacando sus interrelaciones y la naturaleza orgánica de sus piezas.
En Estructuras de lo latente, la pintura, la forma y el espacio negativo se articulan como estados variables del proceso. Esta triple articulación hace explícita la ruptura con la organización tradicional del cuadro y desplaza la pintura hacia una dimensión ambiental, donde el cuerpo del visitante deja de ser externo a la obra. Asimismo, se observa un interés hacia los componentes: bastidores, tela, imprimación, cuñas de madera, márgenes, reverso… como interrogantes a las jerarquías tradicionales del dispositivo pictórico.
Muchas líneas de trabajo de los siglos XX y XXI han cuestionado las condiciones simbólicas de la producción, concediendo relevancia a las partes que permanecían ocultas a la mirada. Como señaló Rosalind Krauss, la modernidad promovió una lógica de autoanálisis en la cual las disciplinas artísticas comenzaron a interrogar su propia materialidad y legibilidad. En el trabajo de Gámez, esta herencia se formula como una acción material constante, casi silenciosa, activada en cada decisión, más que en un gesto teórico explícito. (Krauss, 1996).
Su interés por el concepto de “reverso” organiza gran parte de su trabajo y de su pensamiento. Lejos de operar simbólicamente elige desplazar la atención hacia aquello que sostiene la imagen sin ser visto. Esta interacción entre la parte velada y la visible se manifiesta discretamente a través de una performatividad que aúna gesto contenido, repetición y huella material.
Dicho de otro modo, su práctica se sitúa en un territorio donde lo perceptible convive con lo estructuralmente oculto. Lo que yace, silencioso, entre procesos, capas de construcción, restos de materiales y operaciones técnicas, se desdobla y se alza: ahora visible, ahora imponente, ahora plenamente presente.
Las piezas de la exposición transitan de una bidimensionalidad a una tridimensionalidad silente: superficies acromáticas y de apariencia minimalistas que, vistas desde diferentes ángulos, revelan su complejidad interna. El cuadro se hace cuerpo, lo que muestra se afirma, lo que oculta se intuye sin perderse.
Este gesto conecta con lo que Michael Fried denominó la “teatralidad” del objeto, en tanto la obra no se agota en su frontalidad. En la sala, esta condición se percibe en la necesidad de rodear las piezas, de atender a sus laterales y a las sombras que proyectan, activando una relación corporal y temporal con el espectador (Fried, 1998). En Gámez, esta capacidad se articula mediante el uso de medios que aportan ligereza visual y una terminación impecable. La madera aparentemente sin tratar, la tela cruda, la ausencia de color o de una imagen reconocible, generan una experiencia perceptiva basada en la cercanía y el desplazamiento a un punto de vista calmado.
Especial relevancia adquieren las composiciones realizadas con cuñas de madera, elementos pequeños y funcionales que suelen pasar desapercibidos en el proceso pictórico. Al desplazarlas de su función primaria y disponerlas en secuencias lineales sobre el muro, la artista las transforma en unidades escultóricas que generan ritmos e intervalos, activando una percepción que ya no es puramente visual, sino espacial. Este punto, se aproxima a planteamientos propios del arte procesual y del postminimalismo, donde el interés se desplaza del resultado final al comportamiento material de los elementos (Meyer, 2000).
La exposición puede entenderse como una crítica a la noción de obra cerrada y autosuficiente. En lugar de presentar objetos concluidos, sugiere estructuras abiertas que remiten constantemente a su condición de proceso. El cuadro no aparece como una entidad autónoma, sino como el resultado provisional de una serie de decisiones materiales: tensar, ensamblar, cortar, ocultar, mostrar. Este énfasis en el hacer conecta con una ética de la propia artista comprometida con una permanente investigación.
Su trabajo se sitúa en un territorio híbrido entre pintura, escultura e instalación, definido por los medios que emplea y por las relaciones que establece entre forma, espacio y espectador. Los vacíos del entorno expositivo, las alineaciones y las distancias en el recorrido de la galería generan una coreografía perceptiva que convierte la experiencia estética en un ejercicio de ralentización de la mirada.
En última instancia, Estructuras de lo latente, de Paloma Gámez, propone una reflexión sobre el estatuto de la imagen. Sus piezas enfatizan la densidad del objeto, la resistencia de los materiales y la relevancia del tiempo y del gesto. Lo percibido deja de ser narrativo para convertirse en aquello que emerge de una relación sostenida con la materia, el tiempo y el espacio. Lo no visible, deja de ser un vacío, actúa como una fuerza latente que condiciona la forma y la experiencia del visitante. Una exposición que nos cuestiona cómo miramos y nos invita a considerar aquello que, aun permaneciendo oculto, hace posible la existencia misma de la obra.
Beatriz Pérez_Nuevos públicos






















